Phoebe Zalazar no era una semidiosa común. No era solo hija de un dios ni el resultado de un capricho divino. Su existencia misma era una anomalía. En sus venas latía algo más antiguo, más oscuro, un fragmento de una fuerza que los dioses habían intentado enterrar bajo capas de mitos, guerras y olvidos.
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Para Percy Jackson, el mundo siempre había sido blanco o negro: salvar a sus amigos o fallarles. Pero Phoebe era el gris que lo confundía todo. El hijo de Poseidón, cuya lealtad siempre había sido su mayor virtud y su defecto fatídico, había encontrado finalmente el muro que no podía saltar. Para Percy, amar a Phoebe significaba desafiar al destino, a los dioses, incluso a sí mismo. Porque sabía que, si llegaba el momento, tendría que elegir entre el mundo o ella. Y no estaba seguro de elegir al mundo.
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En el extremo opuesto del espectro, oculto entre las sombras y la guerra de Cronos, se encontraba Luke Castellan. El observaba el mundo con una claridad que muchos confundían con cinismo. Para él, el Olimpo no era un hogar ni una autoridad legítima: era un sistema corrupto, construido sobre el sufrimiento de los mortales y la negligencia de los dioses. Phoebe es su obsesión, su amor por ella no era suave ni protector. Era intenso, voraz y peligroso; es la promesa de un mundo nuevo construido sobre las cenizas del viejo.
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Porque al final, el arma más peligrosa no es la que hiere el cuerpo, sino la que obliga al alma a elegir entre el hombre que te mantiene cuerda y el que moriría por verte reinar sobre las cenizas de todo lo que conoces.
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