Wenlang aterrizó en Saigón buscando un respiro, pero terminó encontrando el destino en los ojos de un Omega que no le pertenecía a nadie. Lo que empezó con un baile que le robó el aliento y rechazos cargados de orgullo, se transformó en un amor qué ninguno pudo frenar. No hubo planes, solo dos almas que dejaron de pelear para aprender a cuidarse, transformando el desprecio en la devoción más profunda. Gao Tu aprendió qué no servía de nada tener un imperio, si no tenía un refugió donde volver. Esta es la historia de cómo Wenlang y Gao Tu construyeron su propio imperio: el de su familia.
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