Hay cosas que uno no elige. El lugar donde naces, la familia que te toca, el momento de la historia en que te toca vivir. Andrea León lo había aprendido antes de cumplir los diecisiete: la vida era, ante todo, una acumulación de circunstancias sobre las que no tenías control. Por eso había desarrollado la costumbre de contar las cosas que sí podía controlar. Las patatas fritas de una bolsa. Los pasos hasta la parada del bus. Los latidos que separaban un suspiro del siguiente.
Lo que Andrea no sabía era que estaba a punto de perder el control sobre la única cosa que había dado por segura toda su vida: la realidad misma.
Era un sábado cualquiera en Barcelona. La ciudad respiraba ese aire espeso de finales de verano que se pega a la piel y hace que todo parezca más lento. Dentro del piso de los Martínez, las persianas estaban bajadas y el mundo exterior había quedado reducido a un rumor lejano. Allí, entre mantas, cojines y restos de comida de bolsa, dos amigas hacían lo que llevaban años haciendo: ver una serie hasta que el sueño las venciese.
Pero aquella noche no era una noche cualquiera, aunque ellas aún no lo supieran. Cuando los créditos del episodio terminaron de rodar y el salón quedó sumido en el silencio azulado de la televisión en pausa, algo cambió. Algo que ninguna de ellas podría haber explicado. Y mientras sus cuerpos se rendían al sueño sobre el suelo lleno de mantas, sus conciencias empezaban a caer hacia un lugar que no existía en ningún mapa, hacia una época que no estaba escrita en los libros de historia, hacia un mundo que hasta hacía unas horas solo habían conocido a través de una pantalla.
Barcelona, sus murallas modernas, sus calles de asfalto, sus farolas naranjas, todo eso se desvaneció como si nunca hubiera existido. Y cuando abrieron los ojos, ya no estaban en casa.
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