Él no era más que un potencial criminal, un espectro acechante que había logrado evadir las garras de "mi gente". Se creía el amo del universo, un dios del caos, alimentándose del terror como un insaciable coleccionista de vidas humanas. No había tenido el privilegio de conocerlo en persona; de hecho, su nombre era solo un susurro en los pasillos polvorientos de la pequeña comisaría donde trabajaba. Sin embargo, todo cambió en el instante en que nuestras miradas se cruzaron. Aquella hipnotizante mirada azul, profunda como el océano y llena de un odio incandescente, se encontró con la mía. En ese momento, sentí cómo se encendían las llamas del temor en mi interior y supe, con una certeza desgarradora, que todo estaba perdido.
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