"Déjame un poco de tu maldito corazón, antes de que te vayas, antes de que se acabe el amor."
Dijo Cri, con la mirada fija en ella, intensa y ligeramente desafiante.
Estaban sentados en las escalinatas del castillo de Windsor, rodeados por el murmullo de cientos de personas, cada una inmersa en su propia historia. Y aun así, en ese instante, parecía que todo lo demás se desvanecía. Solo ellos dos existían, suspendidos entre la multitud y el cielo que se extendía sobre la ciudad.
Cri llevaba un esmoquin blanco, perfecto, que contrastaba con la imagen de rebelde que Antonia siempre había tenido de él: nada más de vaqueros rotos, nada más de camisetas anchas, solo pura elegancia. Por un instante, Tota lo miró como si fuera una visión, algo irreal, que nunca se había atrevido a imaginar.
"El amor no se acabará. Nunca. No para ti."
Respondió Antonia, con la voz baja pero firme, mirando a Cri a los ojos como nunca antes lo había hecho.
Y en ese simple intercambio de palabras, entre las luces de la plaza y el murmullo de la gente, se percibía toda la promesa no dicha, toda la verdad de los sentimientos que habían construido juntos.
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