En una noche que debería ser como cualquier otra, Chuuya Nakahara no consigue ignorar esa sensación incómoda que le oprime el pecho. No tiene forma, no tiene lógica... pero tampoco desaparece. Es el tipo de presentimiento que uno aprende a ignorar hasta que ya no puede.
A pocos kilómetros, Osamu Dazai se mueve en silencio dentro de su apartamento, envuelto en una calma extraña, casi inquietante. Todo en él parece funcionar como siempre... y, sin embargo, hay algo fuera de lugar. En la forma en que observa las cosas. En cómo se detiene. En cómo decide.
La noche avanza sin hacer ruido, pero algo se está rompiendo.
No hay gritos.
No hay señales evidentes.
Solo pequeños detalles que pasan desapercibidos... hasta que pesan demasiado.
Y cuando uno de ellos finalmente decide actuar, puede que ya sea tarde para detener lo que nunca llegó a entender del todo.
(Los personajes no son míos, todos los derechos de autor están reservados a Asagiri Kafka)
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