Sus errores desfilaban en una procesión de pesadilla. El fallo con el bebé. ¡Ah, la cima de la estupidez! Las imágenes volvían una y otra vez: Godric's Hollow, la cuna, el destello verde fallido. Gritaba en el silencio de su mente: "¡La chimenea! ¡La maldita chimenea estaba encendida! Bastaba con un empujón, un movimiento de varita para volcar la cuna sobre las llamas. Muerte accidental. Sin profecía. Sin maldición rebotada. Sin Harry Potter." Pero no. Él, Lord Voldemort, el mago más poderoso de la era moderna, había confiado en la magia más compleja y destructiva en lugar de la más simple y brutal de las físicas.
Luego venía el recuerdo de Narcisa Malfoy. Ese rostro pálido, esos ojos fríos que se atrevieron a mentirle al mismísimo Señor Tenebroso en el Bosque Prohibido. "Está muerto". Y él, cegado por el triunfo, por la necesidad patética de creer que la amenaza había terminado, no usó la Legeremancia. No comprobó el pulso. Creer la palabra de una Malfoy... otro error de principiante.
-¿Por qué no puedo recordar cómo termina el bucle la primera vez? -murmuró su voz, aguda y extraña para sus oídos-. ¿Dónde está el punto exacto en que mi cerebro se rompió y me dejó girando en esta noria de humillación?
Pero esta vez era diferente. La puerta crujió.
Entró el viejo mago. Alto, desgarbado, con un traje de terciopelo morado que chillaba extravagancia en medio de la miseria gris del orfanato. Albus Dumbledore. La némesis de su juventud. El ancla de su fracaso. Tom sintió la familiar oleada de bilis subiendo por su garganta, el impulso de fulminarlo con la mirada y exigir respeto. Pero lo reprimió con una fuerza de voluntad forjada en un millón de repeticiones. Esta vez no. Esta vez jugaría el juego. Aunque no entendía por qué narices estaba allí otra vez, ni por qué tenía un cuerpo de once años que le dolía por el crecimiento, obedecería a la única lógica que le quedaba: si hacía algo distinto, quizás el bucle
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