« No era amor. El amor no puede romper tanto a una persona »
Nate Archibald aprendió temprano a arreglar cosas.
Sonríe cuando debe. Escucha cuando nadie más lo hace. Sostiene relaciones que ya están rotas, suaviza silencios incómodos, pide perdón incluso cuando no sabe exactamente por qué. Es fácil querer a Nate. Es fácil apoyarse en él. Es fácil dejar que cargue con más de lo que le corresponde.
Nate nunca se ha preguntado qué pasaría si dejara de hacerlo.
Hasta que Chuck Bass se queda.
No como los demás. No de la forma correcta.
Chuck no viene a ser salvado, ni a ser comprendido. Chuck observa. Espera. Aprende. Y cuando finalmente se acerca, no lo hace para apoyarse en Nate-lo hace para inclinarlo, apenas, lo suficiente como para ver cuánto tarda en caer.
Porque Chuck ve cosas.
Ve la forma en que Nate duda antes de irse. La manera en que vuelve, siempre vuelve, incluso cuando no debería. Ve cómo se queda un segundo más de lo necesario, cómo sostiene miradas que deberían romperse antes, cómo permite cosas que no sabría explicar en voz alta.
Y lo deja pasar.
Al principio, son gestos pequeños. Coincidencias. Decisiones que no parecen decisiones. Chuck interviniendo donde no le corresponde, Nate justificándolo sin saber por qué. Las relaciones de Nate comienzan a agrietarse-no de golpe, sino en silencios mal colocados, en ausencias, en palabras que llegan tarde. Serena se le escapa entre los dedos. Dan empieza a notar lo que Nate no dice. Jenny insiste en algo que Nate no puede devolver.
Y Chuck... Chuck se queda.
Siempre un poco más cerca de lo que debería.
Nate intenta arreglarlo.
A Chuck. A sí mismo. A todo.
Pero hay cosas que no se arreglan.
Solo se desplazan. Se ocultan. Se vuelven más difíciles de nombrar.
Solo lo suficiente para que ya no haya vuelta atrás.
Porque Chuck Bass no rompe cosas.
Las entiende primero.
Las empuja después.
Y se queda a ver cómo se rompen.
Y Nate se queda con él. Aunque no sepa por
All Rights Reserved