𝘐𝘯𝘵𝘳𝘰𝘥𝘶𝘤𝘤𝘪𝘰́𝘯:
Mucho antes de que los muros del Templo de la Montaña fueran su refugio, el mundo de Cole era pequeño, cálido y estaba lleno del aroma a tierra fértil. Pero los recuerdos de esa época son ahora como fotografías desvaídas por el sol.
Su madre era la fuerza de la naturaleza personificada, un pilar que parecía imposible de derribar. Sin embargo, la tragedia no llegó con estruendo de batalla, sino con un silencio progresivo. Empezó como un cansancio que no se iba con el sueño, una luz que se apagaba en sus ojos día tras día por una afección que los médicos nunca supieron nombrar y que los libros no podían explicar. Cole recuerda verla desvanecerse, volviéndose tan frágil como el cristal, hasta que la tierra que ella tanto amaba finalmente la reclamó para siempre.
Tras el funeral, el silencio se volvió absoluto. Su padre, incapaz de soportar el peso de una casa vacía y el reflejo de la mujer que amaba en los ojos de su hijo, tomó una decisión cobarde. Una mañana, antes de que el sol terminara de salir, se marchó. No hubo notas, ni promesas de regreso; solo una puerta cerrada y el eco de unos pasos alejándose para siempre.
Abandonado a su suerte entre los restos de una vida rota, Cole fue encontrado por dos leyendas que decidieron darle un nuevo nombre y un nuevo hogar. Sun Wukong y Macaque lo sacaron del polvo y le prometieron seguridad, sin saber que el niño que rescataron cargaba con algo mucho más pesado que la soledad: un poder indomable que latía en sus venas y el misterio de una herencia que, tarde o temprano, exigiría ser escuchada.
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