En una ciudad donde casi siempre llovía, Lucía coleccionaba paraguas olvidados. Tenía rojos, azules, transparentes... cada uno con una historia que nadie le había contado. Los guardaba en un rincón de su casa, como si algún día sus dueños fueran a volver por ellos. Tomás, en cambio, odiaba la lluvia. Decía que le borraba los planes y le estropeaba el ánimo. Aun así, cada tarde cruzaba la misma plaza, empapándose sin remedio, porque era el camino más corto a casa. Un día, la lluvia cayó más fuerte que nunca. Lucía vio a Tomás bajo un árbol, intentando protegerse sin éxito. Se acercó y, sin decir nada, abrió uno de sus paraguas sobre ambos. -No me gustan -dijo él, señalando el paraguas. -A mí sí -respondió ella-. Sobre todo cuando sirven para compartirlos. Caminaron juntos en silencio, escuchando el golpeteo de la lluvia sobre la tela. Algo en ese instante, tan simple, hizo que ninguno quisiera llegar demasiado rápido a su destino. Desde entonces, Tomás empezó a pasar por la plaza incluso cuando no llovía. Y cuando sí lo hacía, buscaba a Lucía entre la gente, esperando ese paraguas que ya sentía un poco suyo. Un día, el sol salió después de semanas de tormenta. Lucía apareció en la plaza... sin paraguas. -¿Y hoy? -preguntó él-. ¿No coleccionas días soleados? Ella sonrió. -Hoy prefiero coleccionar momentos. Tomás dudó un segundo, luego tomó su mano. -Entonces empecemos con este. Y aunque la lluvia dejó de ser protagonista, nunca desapareció del todo. Porque a veces volvía, suave, como un recuerdo... solo para darles una excusa más para caminar juntos bajo el mismo paraguas.
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