A los treinta y un años, Draco Malfoy parece haber alcanzado la redención absoluta ante los ojos del mundo mágico. Como Jefe de la Oficina de Aurores, su vida es un despliegue de eficiencia gélida, poder adquisitivo incalculable y una rectitud forjada a base de disciplina. Sin embargo, su faceta pública está blindada por un compromiso matrimonial que es más un contrato estratégico que un romance, manteniendo su vida personal bajo un control milimétrico que nadie se atreve a cuestionar.
Por otro lado, Dorian Rosier, a sus veinticinco años, representa todo lo que Draco ha olvidado: el entusiasmo puro y el hambre de futuro. Recién aceptada para una pasantía de alto nivel, Dorian no solo busca un empleo; busca la independencia total, alejándose de las expectativas de su propio apellido para labrarse un nombre en el Ministerio. Para ella, trabajar codo a codo con el auror más brillante, egocéntrico y acaudalado de Londres no es un obstáculo, sino el peldaño definitivo hacia la cima.
La dinámica es clara desde el primer día: Draco exige perfección absoluta y Dorian está dispuesta a entregarla. Pero la independencia que ella tanto anhela comienza a desdibujarse cuando la barrera entre el deber y el deseo se vuelve peligrosamente delgada. Entre expedientes clasificados y guardias nocturnas, Dorian descubre que el hombre detrás del título de Jefe es mucho más complejo que la imagen de arrogancia que proyecta al mundo.
Lo que comenzó como una oportunidad laboral de ensueño se convierte en un juego de tensiones prohibidas. En un entorno donde las apariencias lo son todo y el compromiso de Draco es la piedra angular de su estatus social, Dorian tendrá que decidir si su ambición profesional es más fuerte que la inevitable atracción por el hombre que, además de ser su mentor, es quien tiene el poder de elevar su carrera o destruirla por completo.
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