Cada año, Aquila desaparece.
No de manera literal, aunque a veces lo desea. Simplemente toma un vuelo, elige una ciudad al azar y pasa algunos meses o un mes siendo nadie: sin juntas, sin cifras, sin el peso de un apellido que construyó con las manos y con cosas que prefiere no recordar. Es su forma de sobrevivirse a sí mismo.
Lo que nadie sabe es que Aquila tiene reglas. Condiciones. Límites que no negocia y que, hasta ahora, nunca había tenido que explicarle a nadie, porque nunca había necesitado hacerlo. Las mujeres, asi como las relaciones de familia y amigos que habían pasado por su vida lo habían aceptado en fragmentos sin exigir el resto, y él había sido muy cuidadoso de que así fuera. No por crueldad, o al menos eso se dice. Sino porque hay cosas de él que no tienen arreglo, y aprendió hace mucho que es más limpio mantener distancia que dejar que alguien se acerque lo suficiente para ver el fondo.
Frankfurt en enero no era precisamente una elección romántica. Era gris, fría y silenciosa, exactamente lo que necesitaba.
Lo que no necesitaba era a Ara. La encontró en el bar que trabaja como extraño y fue como un iman algo le hizo despertar eso que parecia dormido y precisamente por eso no pudo ignorarla.
Esta no es una historia sobre dos personas que se salvan mutuamente.
Es la historia de lo que pasa cuando alguien que aprendió a sobrevivir solo se topa con alguien que no sabe vivir a medias, y ninguno de los dos puede simplemente dar marcha atrás.
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