Dicen que el diablo no llega con cuernos y piel roja, sino disfrazado de todo aquello que alguna vez deseaste. En mi caso, el diablo tenía nombre de ángel y una sonrisa que prometía el cielo, mientras me arrastraba directamente al infierno.
Mi vida era una línea recta. Un camino fácil, predecible y dolorosamente aburrido. Hasta que llegó él.
Caleb.
Apareció como una fractura en mi realidad. Tenía ese cabello rubio, tan brillante y cegador como el sol de mediodía, y unos ojos de un verde tan profundo y puro que podrías jurar que estabas mirando el firmamento. Era la personificación de la calma, una criatura de luz que parecía fuera de lugar en este mundo tan gris. Pero los espejismos son traicioneros: cuanto más hermosos son, más profunda es la sed que te provocan.
Él no solo me atrajo; me consumió. Me hizo pecar de formas que mi mente jamás se habría atrevido a imaginar en la soledad de mis noches. Y lo más aterrador no fue el acto en sí, sino el descubrimiento de que disfrutaba cada segundo de la caída. Bajo esa fachada angelical se escondía el ser más psicópata, cruel y despiadado que la tierra haya parido.
Aprendí a golpes de realidad que los rostros más bonitos suelen ser las máscaras de los peores monstruos. Caleb me miró con esa mirada divina y, con la precisión de un cirujano, diseccionó mi alma hasta encontrar la grieta. Él no me cambió; simplemente me mostró la parte de mí que yo había enterrado bajo capas de moralidad y miedo.
Él no me corrompió. Solo liberó al monstruo que siempre vivió dentro de mí, esperando por su dueño. Y ahora que he probado la oscuridad, no hay luz en este mundo que me haga querer volver atrás.
All Rights Reserved