MIS MATES ALPHA. OBLIGACIÓN DE SANGRE.
Presentí la desgracia antes de verla. La sentí respirándome en la nuca. Pero jamás imaginé que la desgracia tendría ojos... y que me miraría como si yo le perteneciera desde siempre.
Yo solo quería una vida normal. Libre. Silenciosa. Sin cadenas invisibles.
Quería elegir. Caminar. Decidir.
No ser reclamada y mucho menos, dos veces, mucho menos por dos alphas, por dos hermanos.
Mi vida ya era difícil desde mis primeros recuerdos, pero esto... esto era distinto. Esto no era mala suerte. Era destino cerrándose como una trampa.
"¿Por qué todo tiene que ser así...?" la pregunta muere en mi mente.
Avanzo hacia él con pasos inseguros, como si cada movimiento me arrancara un pedazo de voluntad. Mi cuerpo tiembla de pies a cabeza. No de frío. De instinto. De advertencia. De algo primitivo que grita que huya... aunque sé que no puedo.
Él sonríe.
No es una sonrisa amable. Es la sonrisa de quien ya ha decidido el final de la historia.
Sus ojos brillan con un fuego salvaje, territorial, antiguo. Demasiado consciente. Demasiado seguro. Como de aquel que mira algo que deseo por tanto tiempo materializarse frente a él.
-Eres mía -murmura con claridad, y su voz no suena como una promesa... sino como una ley, como una maldita amenaza.
El gruñido bajo que sigue vibra en el aire, animal, posesivo, indiscutible.
-Y a partir de ahora... nadie puede tocarte-