La lluvia golpeaba el cristal de mi ventana, y yo abrazaba mi peluche favorito como si eso pudiera mantenerme a salvo del mundo.
Mis padres... ya no estaban. No recuerdo todo, solo fragmentos del cristal, luces, ruido y un silencio que me quedó grabado en la cabeza. Desde entonces, veía el mundo de una manera distinta.
Ahora vivía con Sasha y sus padres, Emilia y Carlos, en un pequeño pueblo rodeado de bosques y caminos de tierra. Me encantaba mirar el bosque desde mi ventana. Allí, entre los árboles, podía respirar sin sentir que todos me observaban.
No era buena con la gente. Me costaba hablar, reírme de manera normal, incluso mirar a los ojos. Me consideraban un poco friki o rara, aunque yo nunca lo veía como algo malo. Dibujaba, escuchaba música tranquila y me perdía en historias que nadie más parecía entender. Y tenía un estilo... algo hippie, algo mío, algo que me hacía sentir cómoda.
Cuando todo se volvía demasiado ruidoso, demasiado... real, me escapaba al bosque. Allí podía ser yo misma. Allí, nadie esperaba que hablara demasiado, ni que me comportara "como todos los demás".
Pero algo en mi interior sabía que mi vida tranquila en aquel pueblo estaba a punto de cambiar. No podía imaginarlo todavía, pero alguien iba a aparecer, alguien que movería todo mi mundo.
Y no sería fácil ignorarlo.
Adrián.
Ese es su nombre. Y aunque aún no lo había visto, ya sentía que lo conocía... de alguna manera que no podía explicar.
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