Elías alguna vez fue una buena persona. Creía en la justicia, en las segundas oportunidades y en la bondad que aún podía existir en el mundo. Durante años vivió con la esperanza de que las personas podían cambiar, de que incluso los peores errores podían ser perdonados.
Pero todo eso murió.
Fila tras fila de archivos, casos horribles, fotografías, testimonios y nombres grabados en reportes interminables destruyeron la poca fe que le quedaba. Cada expediente era una prueba más de que el mundo estaba podrido. Personas inocentes sufriendo, culpables caminando libres y monstruos escondidos detrás de rostros normales.
Algo dentro de Elías se rompió.
Sigue siendo humano, al menos por fuera. Respira, habla, camina y observa como cualquier otra persona. Pero en su mente está atrapado en un lugar oscuro del que ya no puede salir. La bondad desapareció, reemplazada por una obsesión enfermiza con castigar.
Elías ya no perdona.
Para él, un simple error, una mentira, una traición o una pequeña muestra de crueldad son suficientes para decidir quién merece seguir viviendo y quién no. Ya no cree en jueces, cárceles ni leyes. Cree únicamente en su propia justicia.
Y cuando actúa, nadie lo ve venir.
Es meticuloso, silencioso y extremadamente inteligente. Planea cada movimiento con precisión, elimina cualquier rastro y convierte cada crimen en algo imposible de resolver. Nunca deja evidencia. Nunca deja testigos.
Porque Elías no quiere ser descubierto.
Quiere ser el juicio final de aquellos que considera culpables.
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