Habían muchas razones para que el brillo de sus ojos hubiera desaparecido, tal vez era la rutina, sus días y noches en L-Corp leyendo documentos, firmando documentos, asistiendo a reuniones con inversores en las cuales ella a veces se distraía en el recuerdo de las olas chocando contra las rocas y luego de un segundo volvía a la realidad. O tal vez era su vida personal, la mirada de sus padres y hermanos, la mano de su esposo y las sonrisas fingidas que solía dar, pero lo cierto era que el brillo de sus ojos se había quedado en MidVale y ahí mismo el amor de su vida. Lena no podía olvidar el azul de sus ojos, era tan azul como el reflejo del cielo en el mar, eran tan intensos como las olas del mar chocando en las rocas y la estremecían igual que el frío del agua en sus pies comparable con los dedos del amor de su vida cada que tocaban su piel. Kara. A veces susurrar su nombre le hacía bien y saber que compartían el mismo aire en el mismo planeta le hacía sentir esperanza. El impulso de huir lejos de Ciudad Nacional era agobiante, a veces sentía que se encontraría haciendo las maletas automáticamente y sin darse cuenta, pero en otras ocasiones solo se sentaba en la cama y lloraba hasta que le dolía la cabeza. Pensaba en MidVale, pensaba en la mujer que amó, amaba y seguramente amaría toda su vida. La imaginaba seguramente montando un caballo o tal vez cargando bloques de trigo. Y deseaba volver, ¿Pero se le permitía volver?
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