El oeste no perdonaba.
El sol caía a plomo sobre la tierra seca, agrietando el suelo como si intentara romperlo desde dentro. El viento arrastraba polvo, sangre vieja y promesas que nadie había cumplido. Allí, la ley era débil... y los hombres peores.
Sanemi Shinazugawa era uno de ellos.
Líder de los Lobos de Sangre, su nombre corría más rápido que cualquier caballo. Donde aparecía, dejaba ruinas, silencio... y miedo. No creía en la compasión. No creía en la duda. Solo en sobrevivir.
Hasta que esa tarde, en medio de un asalto más, algo cambió.
Un muchacho de ciudad, vestido demasiado bien para ese infierno. Cabello oscuro, manos limpias... y unos ojos azules que no encajaban con nada de ese lugar.
Sanemi le apuntó directo al pecho.
Esperó el grito.
La súplica.
El temblor.
Pero no llegó nada.
Giyu Tomioka no se movió.
No apartó la mirada.
No mostró miedo.
Y en ese instante, algo dentro de Sanemi se tensó.
Porque en el oeste, los que no temían... no sobrevivían.
Aquello no era valentía.
Era un desafío.
Y Sanemi nunca dejaba desafíos sin responder.
Lo tomó.
No como rehén.
No como moneda de cambio.
Sino como algo que necesitaba entender... o destruir.
Pero cuanto más intentaba romperlo, más claro se volvía algo que no quería aceptar:
Giyu Tomioka no era el tipo de hombre que se quiebra.
Era el tipo de hombre que cambia destinos.
Incluso el suyo.
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