Todo comenzó con una explicación inocente. En un museo tecnológico, una guía describe los virus informáticos como "bichitos que se meten en la computadora y pellizcan". Para la pequeña Karen, de seis años, aquello no es una metáfora... es una verdad.
Esa idea, simple y poderosa, no se queda en su imaginación. Se convierte en algo más: un patrón invisible que encuentra la forma de propagarse a través de la red. Lo que inicia como una anomalía digital pronto se transforma en una epidemia inexplicable. Personas de distintas ciudades comienzan a sentir lo mismo: un hormigueo constante, como si miles de diminutas patas recorrieran su piel desde dentro.
Los médicos no encuentran causa. Los sistemas fallan. El mundo entra en pánico.
Mientras la plaga se expande sin control, un analista de sistemas descubre que no se trata de un virus convencional, sino de algo mucho más inquietante: una idea que se replica en la mente humana y convierte la percepción en sufrimiento real.
Y en medio del caos, hay una única excepción.
Karen.
La niña que lo imaginó todo... es la única que no siente nada.
Porque los bichitos no nacieron en una máquina.
Nacieron en su mente.
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