Hay cosas que no empiezan con palabras.
No hay confesión.
No hay un momento exacto que puedas señalar y decir: "aquí comenzó todo".
A veces... solo pasa.
Como una mirada que dura un segundo más de lo normal.
Como una risa que se queda resonando incluso cuando el momento ya terminó.
Como la forma en la que alguien se vuelve tu punto de referencia... sin que te des cuenta.
Para Asa, fue así.
No era la primera vez que sentía algo por alguien.
No era algo nuevo, ni confuso, ni difícil de entender.
Había pasado antes.
Había querido antes.
Y por eso mismo, lo reconoció casi de inmediato.
No era solo cariño.
No era solo cercanía.
Era algo más.
Algo que no necesitaba explicación.
Por eso no se asustó.
No intentó alejarse.
No intentó negarlo.
Simplemente... lo dejó ser.
Porque cuando lo sientes de verdad, no hay mucho que cuestionar.
---
Para Rora, en cambio, todo era distinto.
Porque lo que sentía... no tenía nombre.
O al menos, no uno que quisiera decir en voz alta.
Era incómodo.
No en el sentido de rechazo, sino en ese otro... más silencioso.
Más difícil.
Ese que aparece cuando algo dentro de ti no encaja con lo que creías que eras.
No podía explicarlo.
No quería explicarlo.
Así que hizo lo único que sabía hacer:
Ignorarlo.
Convencerse de que no era importante.
De que iba a desaparecer.
De que era solo una fase, una idea pasajera, un error en la forma de interpretar las cosas.
Pero hay cosas que no desaparecen.
No cuando están ahí todo el tiempo.
No cuando tienen nombre, rostro... y una forma muy específica de mirarte.
El problema nunca fue lo que sentían.
El problema fue que
mientras una ya estaba lista para aceptarlo....la otra todavía estaba intentando huir de ello.
Y entre esas dos formas de sentir tan distintas,
había algo que crecía igual.
Silencioso.
Inevitable.
Y destinado a romperse en el peor momento posible.
All Rights Reserved