Hay personas que nacen con el dolor.
No ese que dejan los golpes o las caídas, sino ese otro que se mete hasta los huesos y se queda allí, haciendo nido. El que te acompaña cuando despiertas, cuando comes arroz con sal, cuando cuentas las baldosas del suelo para no pensar demasiado en todo lo que has perdido.
Ella tenía diecisiete años y ya había perdido a su padre, su hogar y la vida que alguna vez creyó que tendría. Ahora solo le quedaba su abuela, la mujer que había cuidado de ella cuando más lo necesitaba y a quien Rin cuidaba con la misma devoción, aun sabiendo que algún día podría perderla también.
Había aprendido demasiado pronto lo que significaba crecer.
Él llevaba veinticuatro años perdiendo pedazos de sí mismo sin que nadie se diera cuenta. Desde que perdió a su madre, algo dentro de él comenzó a apagarse poco a poco. Primero fue la música, después el sueño, luego la capacidad de sentir y, finalmente, las ganas de escucha
Dos personas heridas.
Dos soledades que no tenían ninguna razón para encontrarse.
Y, sin embargo, lo hicieron justo cuando más lo necesitaban.
Ella, a pesar de todo su dolor, todavía era capaz de sonreír.
Él, en cambio, ya no esperaba nada de nadie. Mucho menos que alguien decidiera quedarse.
Pero ella se quedó.
Y él, sin saber cómo, terminó dejándola entrar.
Porque cuando el dolor se vuelve tan grande que ya no cabe dentro del cuerpo, a veces la única forma de seguir respirando es encontrar a alguien dispuesto a cargar un poco contigo.
-¿Acaso no sabes quién soy?
Ella lo observó en silencio.
No estaba mirando al ídolo que millones conocían. No le importaba su fama, su dinero ni las canciones que hacían suspirar a miles de personas.
Estaba mirando al hombre que tenía frente a ella.
-Nikon Sesshomaru -susurró, como si aquel nombre no significara nada-. El vocalista de TAMA.
Sus ojos se encontraron con los de él.
-Tanaka Rin.
Y ninguno de los dos podía imaginar que, desde aquel momento, sus vi
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