La humanidad siempre ha sido una especie de mirada arrogante. Hemos gastado billones de dólares en telescopios de gran alcance, en sondas que surcan el vacío gélido de Marte y en satélites que buscan señales de radio en las esquinas más remotas de la galaxia. Vivimos con la obsesión de no estar solos en el universo, mientras ignoramos sistemáticamente el hecho de que el 70% de nuestro propio hogar permanece en un silencio absoluto y una oscuridad impenetrable.
A 11,000 metros bajo el nivel del mar, en la Fosa de las Marianas, la luz no es más que un concepto abstracto. Allí, la presión es de unas 1,100 atmósferas, el equivalente a tener un elefante apoyado sobre cada centímetro cuadrado de tu cuerpo. Durante siglos, creímos que el fondo del océano era un cementerio biológico, un desierto de sedimentos y criaturas ciegas que sobrevivían de las migajas que caían de la superficie.
Nos equivocamos.
Abismo Zero comienza con una premisa que altera la historia de la evolución: no estamos buscando en el espacio porque temamos a los alienígenas; no lo hacemos porque, a un nivel subconsciente y celular, nuestra especie sabe que la verdadera amenaza -o el verdadero creador- está debajo. Hay una inteligencia geológica, una conciencia de roca, cristal y memoria cuántica que ha estado procesando información desde que el primer átomo de agua golpeó la corteza terrestre. Y ahora, debido a nuestra actividad sísmica y sonora, esa inteligencia ha empezado a responder
All Rights Reserved