¿Considerarías tú, acaso, un acto de maldad pura el amar a un monstruo... cuando dicho monstruo jamás, ni por un instante, ha clavado sus colmillos en ti? Porque a él, a Abraxas, no le ha lastimado nunca. No a él. Esa pregunta lanzada al aire es un cuchillo sin mango; él ya no sabría cómo sostenerla sin desangrarse. Solo sabe, lo sabe con la certeza de un muerto que aún siente, que ese monstruo, su monstruo, el amor de su vida y de su muerte... ahora está enloquecido. Tom, su Tom, no es malo. De esto está seguro, es una verdad tan sólida como la fría lápida bajo la que yace. Tom no es malo. Simple y llanamente, algo se le ha roto en la cabeza, un engranaje se partió, un vaso capilar reventó en su mente y la inundó de sombras. Pero hay una imagen que lo atormenta más que la del rostro serpentino: la del niño. Si tú lo hubieses conocido de niño, si hubieses visto a aquel huérfano de mirada hambrienta pero aún no cruel, no serías capaz de no sentir, más allá de toda lógica, una punzada de ternura, un arrebato de cariño imposible. Él ya no es ese niño, ¿verdad? Ahora está desfigurado. Su piel es de cera, su nariz una hendidura, y sus ojos... sus ojos son dos rendijas escarlata que ya no recuerdan el gris de un cielo de invierno en Hogwarts. Parece una serpiente que aprendió el espantoso truco de caminar erguida. Pero Abraxas lo ama. Lo ama con una intensidad tan profunda como el océano que separa a los vivos de los muertos, y nada, ni la tumba, ni medio siglo de niebla espectral, puede arrancarle ese amor que es ya su única posesión y su condena.
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