Valeria entendía cómo funcionaban las cosas.
O al menos eso le gustaba pensar.
En mercadotecnia te enseñaban a encontrar sentido en todo: en por qué alguien elegía una marca, en cómo una imagen podía convencerte de algo que no necesitabas, en la forma en la que las personas respondían a estímulos sin siquiera darse cuenta.
Nada era completamente al azar.
Todo tenía una razón.
Tal vez por eso le molestaban tanto los errores pequeños.
Los descuidos.
Las cosas que se salían del plan.
Como escribir un número mal.
Esa tarde, el salón estaba lleno de conversaciones cruzadas y laptops abiertas con más pestañas de las que cualquiera podía manejar. El profesor hablaba de estrategias, de públicos objetivos, de cómo una decisión aparentemente mínima podía cambiar por completo el resultado de una campaña.
Valeria apenas escuchaba.
Tenía el celular entre las manos, revisando una vez más los mensajes del grupo del proyecto. Capturas, audios, nombres que apenas reconocía. Alguien había pasado un número. "Escribe ahí, es tu compañero."
Simple.
Directo.
Sin margen de error.
Lo copió.
O eso creyó.
Porque en ese momento no pensó que un dígito de más o de menos pudiera importar tanto. No pensó que algo tan mínimo pudiera desacomodar todo lo demás.
Ni que, a veces, lo más irrelevante es lo único que no está calculado.
Y eso...
eso es lo único que no puedes predecir.
Presionó "enviar" sin revisar dos veces.
Como si fuera cualquier otro mensaje.
Como si fuera parte de algo que ya tenía sentido.
Sin saber que, por primera vez en mucho tiempo, estaba haciendo algo que no tenía estrategia, ni intención, ni control.
Solo... un error.
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