Bianca es intensidad, es verano, le encanta la sensación de la arena pegada y el sol calentando su piel.
Pero también es memoria, y por eso se aferra a la gente, a los momentos, a lo que siente.
Le apasiona la música, porque guarda personas, guarda momentos pequeños como si fueran eternos y sobretodo, te hace sentir, como cuando se atreve a tocar esas teclas de aquel piano porque cada vez que lo hace, algo vuelve a su sitio.
Le gusta leer en silencio, marcar frases que parecen escritas para ella y luego olvidarse de por qué le dolían, o recordarlas por el resto de su vida para nunca perder esa parte de ella.
Siempre ha creído que en esta vida hay que tener metas, como esas listas escritas a mano que hay que cumplir antes de los veinte.
Daniel, en cambio, es lo contrario, al menos eso parece, no habla más de lo necesario, no explica, no se queja. Pero observa, él siempre observa.
Le gusta conducir sin destino, el sonido del mar, la carretera vacía, la sensación de que todo está en pausa, el tenis porque ahí todo depende de él, porque no hay ruido, porque no hay emociones que gestionar, solo puntos que ganar, la música... pero no como Bianca. No la usa para sentir, la usa para callar lo que no quiere pensar.
No le gusta hablar de sus sentimientos, no le gusta recordar, no le gusta que le miren demasiado tiempo. Pero con ella... todo eso cambia. No porque quiera. Sino porque no puede evitarlo.
Se buscan sin querer admitirlo. Pero nunca se van, nunca del todo. Juntos son caos. Y refugio, se mueven como las estaciones.
Porque no es fácil, Pero hay una verdad que siempre ha estado ahí, silenciosa, constante, inevitable.
Que no importa cuánto discutan, cuánto se alejen, cuánto finjan. Nunca dejan de elegirse, aunque no sepan cómo hacerlo bien.
Porque al final... hay amores que se construyen. Y otros... que simplemente siempre estuvieron ahí.
Porque algunas historias no empiezan con un "te quiero", empiezan con un "te odio".
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