Annie se encontraba corriendo, sin aire. Sentía que se le colapsaban los pulmones del dolor tan intenso en su pecho, que su mente ya no recordaba ni porqué huía y que el corazón latía tan desbocado que iba a salírsele. Solicitó un taxi, sin pensarlo mucho dijo la primera dirección que apareció en su mente; debía de alejarse de lo que alguna vez fue su casa.
Se vió en el retrovisor, sus ojos hinchados, rojos y sus mejillas coloradas por su agitación. Su pelo estaba enmarañado del jaloneo, sus brazos incluso latían por debajo de la tela de su blusa por los agarres. El auto ni se había detenido y ella ya se había bajado, aventando con rudeza el dinero. Pasó por seguridad sin saludar, y en cuanto encontró la cabina donde siempre trabajaba, se adentró y se dejó caer. No pudo ni fijarse si estaban grabando algo en el estudio, como tampoco vio la chaqueta negra con dorado colgada en el perchero. Su visión se nublaba, pero lo último que oyó fue como alguien cerraba un piano y el moreno se le acercaba gritando su nombre.
Annie, ¿estás bien?
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