La lluvia caía suave sobre los terrenos de Hogwarts, como si el cielo mismo guardara luto. Las torres del castillo se alzaban silenciosas, testigos de una pérdida que pocos lograban comprender del todo. Luna Lovegood, con su mirada distante y soñadora, ya no tenía a nadie esperándola al final del curso, ni una voz familiar que la llamara “cariño” entre susurros llenos de amor.
Había quedado sola.
Sin embargo, Luna no lloraba como los demás esperaban. Caminaba por los pasillos como siempre, murmurando teorías sobre criaturas invisibles y mundos escondidos, como si la ausencia fuera solo otra forma de misterio. Pero en las noches, cuando el castillo dormía, el silencio se volvía más pesado… y la soledad, más real.
Fue entonces cuando llegaron ellos.
Draco Malfoy, de porte elegante y mirada fría, ya no era el joven arrogante que muchos recordaban. A su lado, Sofía Riddle Black caminaba con una presencia imponente, mezcla de oscuridad y calidez contenida, como un fuego que aprendió a no quemar.
Nadie entendió del todo por qué eligieron a Luna.
Quizás fue porque Sofía vio en ella algo más que rareza. Quizás Draco reconoció en su silencio una fortaleza que el mundo no supo ver. O quizás, simplemente, el destino tejió sus hilos de forma inevitable.
Lo cierto es que, una tarde gris, en medio de susurros y miradas curiosas, Luna Lovegood dejó de ser una niña sola.
Y comenzó a formar parte de una familia que nadie habría imaginado.
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