Lakoda solo recuerda haber estado huyendo. Algo lo perseguía, una criatura que emitía sonidos extraños y que aparecía y desaparecía como si fuera magia negra. Recordó haber perdido su rastro y sentir un alivio momentáneo... hasta que eso apareció frente a sus ojos y todo se volvió oscuridad absoluta.
Se suponía que ese día recibiría a su prometido, Taabe. Estaba emocionado; su floración había llegado, su cuerpo ya estaba listo y maduro para cumplir su destino. Iba a ser la pareja de un gran Alfa Comanche, iban a formar una familia, tendrían muchos hijos y serían felices.
Pero la espera terminó en pesadilla. Algo salió de las sombras y empezó a cazar. Casi toda su tribu fue aniquilada. Los guerreros más fuertes cayeron uno a uno. Sin embargo, él, los otros Omegas, las mujeres y los niños... no fueron tocados. Fue una masacre selectiva.
Temblorosos y aterrorizados, solo pudieron llorar por los caídos. Lakoda sentía cómo su mundo se derrumbaba: sus sueños de ser un Omega tradicional, de ser entregado a otra tribu, de llenarse de bebés... todo se había roto en mil pedazos gracias a ese monstruo que salió de la nada.
...
A lo lejos, ocultos entre la espesura del bosque, tres figuras altas y primitivas observaban la carnicería. Eran Yautjas, seres de otro mundo, cazadores supremos. Pero uno de ellos no podía apartar la mirada del pequeño Omega. Olía a miedo, olía a terror puro... pero bajo ese aroma, había algo más. Algo dulce, embriagador y poderoso: el aroma escondido de flor de sirena, la señal de un Omega perfecto y fértil.
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