No era una mala persona.
O eso parecía.
De día, Akari es solo una estudiante de psicología más: discreta, educada, invisible si no la miras demasiado. Nadie tendría motivos para fijarse en ella. Nadie sospecharía nada.
Pero la noche es otra cosa.
Cuando cae el sol, cambia de escenario. Un bar de luces tenues, conversaciones a media voz y gente que nunca cuenta toda la verdad. Ahí, entre miradas que duran demasiado y silencios incómodos, Akari observa, escucha... y se queda más de lo que debería.
No busca problemas.
Pero tampoco se aleja de ellos.
Y entonces aparece él.
Shuji Hanma no es alguien con quien deberías cruzarte dos veces. Mucho menos alguien en quien fijarte. Pero hay algo en él -en su forma de moverse, de mirar, de sonreír- que no encaja... y que resulta difícil de ignorar.
Akari lo sabe.
Sabe que no debería acercarse.
Sabe cómo terminan ese tipo de historias.
Aun así, no se detiene.
Porque hay algo peor que el caos.
Y es quedarse justo lo suficientemente cerca como para no poder apartar la mirada.
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