En un mundo donde lo imposible era parte de la vida cotidiana, dos razas dominaban el destino de la tierra: los humanos y los elfos.
Los humanos habían construido ciudades que rozaban el cielo, llenas de luces artificiales, máquinas y lujos que parecían no tener fin. Vivían rápido, rodeados de excesos, de comida fácil y comodidades infinitas... pero su tiempo era corto. Ninguno superaba el siglo de vida, como si el propio mundo se negara a concederles más.
Los elfos, en cambio, eran todo lo opuesto.
Habitaban los bosques más antiguos, donde la naturaleza aún susurraba secretos olvidados. Eran altos, fuertes, y su longevidad desafiaba al tiempo mismo: quinientos años o más. Vivían en equilibrio, alimentándose de lo que la tierra les ofrecía, en paz... o al menos, así había sido siempre.
Porque los elfos guardaban un secreto.
Un elixir.
No era solo una bebida, ni un simple objeto de valor. Era el corazón de su existencia, la esencia que mantenía su armonía, su vida prolongada, su conexión con el mundo. Un regalo antiguo... y frágil.
Y los humanos lo robaron.
Nadie sabe exactamente cómo ocurrió. Algunos dicen que fue ambición. Otros, desesperación. Pero desde ese día, algo en los elfos comenzó a marchitarse. Su paz se rompió, su longevidad empezó a desvanecerse... y con ello, nació la furia.
Los bosques dejaron de ser refugio.
Se convirtieron en campos de guerra.
Los elfos, debilitados pero orgullosos, eligieron a sus guerreros más fuertes. Los humanos, armados con tecnología y arrogancia, respondieron sin dudar. Así comenzó un conflicto que consumiría a ambas razas... una guerra donde nadie era completamente inocente.
Y, en medio de todo ese caos, de sangre, fuego y odio...
un elfo tomó una decisión imposible.
Salvar a una niña humana.
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