En la ciudad donde todo lo importante se compraba, también habian cosas que se vendían con miedo.
No eran negocios de oficina ni contratos con firmas limpias. Eran rutas nocturnas, contenedores sin registro, nombres cambiados en manifiestos, cajas que pasaban por aduana con el peso exacto de una mentira bien hecha. Era dinero sucio moviéndose de mano en mano, armas escondidas entre mercancía inocente, joyas robadas que cruzaban fronteras en el doble fondo de un camión, información que valía más que la sangre de cualquiera. En ese mundo vivía Agust D.
No era el dueño de la ciudad, pero sí una de sus sombras más peligrosas. Había aprendido a leer el miedo en los ojos ajenos y a usarlo a su favor. No hablaba de más. No confiaba en nadie. Quien trabajaba con él lo hacía porque quería seguir respirando. Quien trabajaba contra él, casi siempre terminaba aprendiendo una lección demasiado tarde. Decían que no sentía.
Era mentira.
Sí sentía. Solo que lo había hecho tan pocas veces y con tanto dolor que terminó por convertir el corazón en un cuarto cerrado con llave. A esa altura, él ya no distinguía si era frialdad o cansancio, si seguía eligiendo la dureza o si la dureza lo había elegido a él.
Y luego apareció Kitty Kang.
No entró a su vida como una víctima ni como un príncipe roto. Entró como entran las amenazas que saben sonreír. Con pasos medidos, una mirada que no bajaba primero, una voz tranquila que escondía demasiado. En el bajo mundo lo llamaban porque era útil. Sabía abrir cerraduras, mover información, desaparecer nombres, cambiar destinos.
Kitty Kang sobrevivía porque entendía algo que muchos no: en ese mundo, la confianza no era un regalo. Era una grieta. Y Agust D, por más que lo odiara, estaba a punto de abrir la suya.
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Esta es una historia corta no serán muchos capítulos serán como tres, no me quiero alargar y no llegar a nada siendo que esta es la historia más seria que voy a hacer,
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