Vela tiene 33 años y trabaja en una tienda de azulejos. Sabe de medidas, colores, resistencia, juntas, cortes, presupuestos. Vive ordenando el mundo hacia afuera porque por dentro teme desordenarse. Está en una relación estable con una mujer buena, pero emocionalmente distante. Vela no sabe si tiene miedo al compromiso o si simplemente nunca ha sentido un amor que la desarme de verdad.
Julia está cerca de cumplir 40. Tiene un vivero y una casa con esposa, dos hijas, rutinas, loncheras, cuentas, plantas que regar y silencios que nadie nombra. Su esposa no es mala: es práctica, correcta, funcional, dura en su manera de habitar el mundo. Pero con los años, Julia ha ido apagando partes de sí misma para no incomodar, para no pedir de más, para no necesitar demasiado.
Un día, Vela envía un mensaje equivocado creyendo escribirle a un cliente de la tienda. Pero quien responde es Julia.
Lo que empieza como una disculpa se convierte en conversación.
La conversación, en compañía.
La compañía, en refugio.
El refugio, en deseo.
Y el deseo, en una pregunta imposible:
¿Qué se hace cuando aparece alguien que te devuelve a la vida, pero llega cuando ya tienes una vida construida?
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