El acero frío y afilado de la batalla había hecho su trabajo, dejando un rastro de dolor punzante en cada rincón de su cuerpo. Itachi Uchiha yacía en el suelo, cada aliento una agonía que le quemaba el pecho, como si su propio corazón se desgarrara con cada latido. Le dolía todo, cada músculo, cada hueso, pero nada se comparaba con la herida invisible que le consumía el alma.
Los recuerdos de un pequeño rostro infantil, lleno de admiración pura, se proyectaban en su mente, más nítidos que la propia realidad que lo rodeaba. Sasuke. Su hermano. El niño que una vez lo idolatrara, ahora lo miraba con ojos llenos de un odio gélido, un abismo insondable que Itachi mismo había cavado. Ese pensamiento era el dolor más agudo, la herida que no dejaba de sangrar.
Gravemente herido, con la vida escurriéndose entre sus dedos, una punzada se ancló en su pecho. Cerró los ojos, esperando el final, cuando de repente, voces distantes comenzaron a resonar en sus oídos. Palabras extrañas, melodías desconocidas, lenguajes que nunca antes había escuchado, comenzaron a tejerse a su alrededor. El sonido era confuso, como un eco de otro mundo, pero innegablemente presente. Su conciencia se aferraba a esos sonidos, sintiendo un tirón ineludible hacia lo desconocido, mientras la oscuridad familiar se disipaba en una luz que no era de este mundo.
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