En el colegio, todos conocían a Malachi Barton. Capitán del equipo de básquet, alto, seguro de sí mismo, siempre rodeado de amigos y de chicas que querían llamar su atención. Tenía fama de mujeriego, de no tomarse nada en serio y de salir de cualquier problema con una sonrisa torcida.
El primer día del nuevo semestre llegó Freya Jones.
No entró intentando impresionar a nadie. Solo caminó hasta el último puesto del salón con una carpeta pegada al pecho y la mirada baja. Era la chica nueva: callada, reservada, y con unas notas tan perfectas que en menos de una semana ya todos hablaban de eso.
Pero Freya no hablaba con casi nadie.
Mientras los demás corrían detrás de Malachi, Freya parecía ni siquiera notarlo.
Y eso fue lo primero que lo descolocó.
Porque Malachi estaba acostumbrado a las miradas, a las risas, a que todos supieran su nombre.
Pero Freya no.
Ni una sonrisa.
Ni una pregunta.
Ni siquiera un "hola".
Al principio, él pensó que era orgullo.
Después, curiosidad.
Y sin darse cuenta, empezó a buscar excusas para mirarla durante clase, para cruzarse con ella en los pasillos, para sentarse un poco más cerca.
Lo que Malachi no sabía era que Freya también guardaba algo: no había llegado a ese colegio por casualidad... había venido escapando de un problema que nadie allí conocía.
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