En los 80, volver a amar parecía imposible. Ella tenía sueños más grandes: honrar el apellido de su padre, llegar a la cima. Los retos eran lo suyo. Ni la falta de dinero, ni las caídas, ni ser mujer en una época que la subestimaba iban a detenerla.
Por eso aceptó trabajar en un cine pequeño. Solo para pagar la universidad. O Ese era el plan.
Hasta que apareció él. Y sus ojos. Dios, esos ojos. Eran café claro, de los que guardan atardeceres. No miraban, abrazaban. La primera vez que se cruzaron con los de ella, entendió que hay retos que no se buscan... te encuentran. Y que el amor, a veces, llega con la forma de una mirada que te desarma completa.
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