Timba tenía 18 años cuando cruzó por primera vez las puertas de la universidad.
Para él, no era solo un nuevo comienzo... era un logro.
Había entrado a estudiar medicina, el camino que siempre imaginó para su futuro. Quería ayudar a otros, marcar una diferencia, convertirse en alguien que pudiera sostener a quienes lo necesitaran.
Al inicio, todo se sentía posible.
Pero no todos los caminos hacia los sueños son rectos.
En medio de clases, pasillos llenos de gente y nuevas caras, Timba comenzó a confiar. En compañeros. En personas que, poco a poco, llegó a considerar amigos.
Y ese fue su primer error.
Lo que parecía cercanía... no lo era.
Lo que creyó apoyo... terminó siendo distancia.
Sin darse cuenta, empezó a desgastarse.
No fue de golpe.
Fue lento. Silencioso.
Como algo que se rompe desde dentro.
Timba comenzó a cargar con culpas que tal vez nunca le pertenecieron. A cuestionarse. A cerrarse. A guardar todo lo que sentía, como si hablarlo lo hiciera más real.
Y así, poco a poco... dejó de reconocerse.
Creyó que no merecía amistades.
Que no merecía amor.
Que no merecía quedarse.
Pero incluso en los momentos más oscuros... algo puede cambiar.
En el futuro, conocerá a Rius y a los Comas.
Un grupo que no solo se quedará... sino que le enseñará algo que nadie antes logró hacerle entender:
Que no todo fue su culpa.
Que ser humano también es equivocarse.
Y que, a pesar de las caídas... siempre existe la posibilidad de levantarse.
Aunque duela.
Aunque cueste.
Aunque parezca imposible.
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