La humanidad tiene un talento especial para el suicidio colectivo, pero uno aún mayor para la hipocresía. Tras las cenizas de las Grandes Guerras, unos científicos decidieron que la libertad era el problema. Su solución: las Nueve Ciudades. Nueve jaulas diseñadas para que nadie tenga que volver a pensar.
Cada ciudad es una ecuación. Cada ciudadano, una variable. Nos marcan desde el primer aliento, nos clasifican y nos graban un código en el cuello que define nuestro valor, nuestro futuro y con quién tenemos permitido morir.
Mi nombre es Galia Smith. Vivo en El Origen, la ciudad que el sistema llama "Uno". Mi código es el 10001.
Sé que para ti los números son solo herramientas. En tu mundo, puedes ser quien quieras. En el mío, el 10001 es la marca de la "perfección". Un Uno debe ser impecable: blanco, lógico, obediente. Un engranaje silencioso en una máquina de cristal.
El problema es que yo no soy un jodido uno.
El sistema se divide en castas que juraron no mezclarse jamás: desde los eruditos de El Lexicón y los artistas de La Lira, hasta los guerreros de El Bastión y los observadores de El Prisma, esos científicos que nos vigilan desde El Vértice. Incluso los rígidos arquitectos de El Enclave (la Ciudad Nueve) creen que este orden es eterno.
Y luego está el mito: la Zona Cero. El vertedero de los que rechazan su cifra. Dicen que allí se devoran entre ellos, pero sospecho que esa es la mentira que el sistema usa para que no miremos más allá de las verjas.
Siempre me he preguntado qué se siente al ser algo más que una frecuencia en el cuello. Es una idea estúpida, lo sé. Soy la 10001. Soy un Uno perfecto. Y este es el lugar al que pertenezco... ¿verdad?
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