Algo está mal. Desde que tuvo aquel sueño, Annabeth no ha podido ignorar la sensación de que una tragedia se aproxima. Por eso, junto a Percy y Tyson, emprende el camino hacia el Campamento Mestizo, esperando llegar antes de que sea demasiado tarde. Pero el destino tiene otros planes. Cuando un grupo de cíclopes los encuentra en medio del camino, la batalla se vuelve una lucha desesperada por sobrevivir. Heridos, agotados y sin ninguna posibilidad de vencer, Annabeth contempla cómo la situación se derrumba frente a sus ojos. Y entonces hace lo único que le queda. Ruega. Atenea. Zeus. Poseidón. Cualquiera. A todos los dioses que puedan escucharla. Su voz resuena en el aire mientras el cíclope se prepara para dar el golpe final. Y el mundo se rompe. Un portal de luz azul oscura se abre detrás de la criatura, desgarrando el espacio mismo. El océano parece rugir al otro lado de aquella grieta imposible. Entonces una lanza atraviesa el portal. Y atraviesa al cíclope. El silencio cae sobre el bosque. De la abertura emerge un joven desconocido. Alto. Armado. Cubierto por la presencia de alguien que ha sobrevivido a incontables guerras. Sus ojos, de un verde profundo e inquietante, parecen contener tormentas enteras y secretos hundidos en las profundidades del mar. Tiene un rostro extrañamente familiar. Demasiado familiar. Pero Annabeth está segura de una cosa. No sabe quién es. Y, sin embargo, mientras el extraño observa el mundo que lo rodea, incluso el viento parece contenerse. Como si algo antiguo hubiera regresado. Como si los océanos reconocieran a su verdadero dueño. Porque aquel guerrero no pertenece a su mundo. Y su llegada está a punto de cambiarlo todo.
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