Hay amistades que no se rompen.
Solo se quedan suspendidas en el tiempo.
Como fotografías olvidadas dentro de un cajón que nunca llegas a abrir, pero cuya existencia conoces perfectamente. Sabes que están ahí. Sabes que, si las miras, algo dentro de ti volverá a sentirse como antes.
Lenna siempre había pensado que crecer significaba avanzar.
Mudarte, estudiar, conocer gente nueva, enamorarte, construir una vida que no se pareciera a la que tenías cuando todo era más fácil.
Lo que nunca le enseñaron es que crecer también significa mirar atrás.
Porque nadie te explica qué hacer cuando los recuerdos no desaparecen.
Cuando los nombres siguen apareciendo en tu cabeza sin previo aviso.
Cuando oyes una canción y automáticamente sabes quién estaría cantándola a gritos contigo.
Ocho años.
Ocho años desde la última vez que estuvieron los cuatro juntos.
Jack.
Nick.
Nyxa.
Lenna.
Cuatro nombres que antes eran una sola historia.
Y ahora... cuatro vidas completamente distintas.
A veces la vida no rompe los vínculos con un gran drama.
No hay gritos, ni traiciones, ni despedidas épicas bajo la lluvia.
A veces simplemente ocurre.
Las llamadas se espacian.
Los mensajes tardan más en llegar.
Las prioridades cambian sin pedir permiso.
Y un día te das cuenta de que la última vez que abrazaste a alguien fue hace ocho años.
Pero lo curioso de los lazos reales es que no entienden de calendarios.
Pueden sobrevivir al silencio.
A la distancia.
A los errores.
Incluso al miedo.
Porque el destino tiene una costumbre peligrosa:
le encanta reunir a las personas cuando ya no saben qué decirse.
Y aquella tarde, sin que nadie lo supiera todavía, todo estaba a punto de empezar otra vez.
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