Abril se deslizaba con una monotonía aburrida, una sucesión de días grises que Santa aceptaba con una resignación mansa. Su vida era un lienzo en blanco, carente de los matices vibrantes -pero también destructivos- del amor. No había suspiros en la madrugada ni grietas en el corazón; solo una calma plana que, aunque aburrida, lo mantenía a salvo de las tormentas que acechaban fuera de su burbuja.
Perth, en cambio, habitaba el epicentro de la tempestad. Su nombre corría de boca en boca como un veneno dulce; cargaba con una fama que lo precedía y lo condenaba a partes iguales. Era el caos personificado, un incendio que consumía todo lo que tocaba para intentar acallar sus propios demonios. La mala suerte no era una racha para él, era su sombra, y esa noche pesaba más que nunca.
Todo colapsó en aquella madrugada de aire denso y risas engañosas. Fue el momento exacto en que la línea recta de la vida de Santa se quebró para cruzarse con la trayectoria errática de Perth. El aburrimiento que tanto lo protegía se evaporó, dejando paso a una realidad teñida de peligro y un dolor que no sabía que el cuerpo humano era capaz de albergar.
Lo que comenzó como una salida casual pronto se transformó en un laberinto de inseguridades lacerantes. La presencia de Perth no trajo luz, sino una oscuridad que alimentaba los celos más amargos y pensamientos intrusivos que Santa nunca había experimentado. La devoción se convirtió en dependencia, y el afecto en una herida abierta que se negaba a cerrar. Sin previo aviso, Santa se encontraba atrapado en un torbellino donde el amor ya no era un refugio, sino el arma principal de un caos que prometía reducirlo a cenizas. Aquella paz de Abril se sentía ahora como un sueño lejano, una vida que le pertenecía a alguien que Santa ya no reconocía frente al espejo.
Aclaraciones:
- Por el momento no hay escenas +18 (dudo)
- Temas delicados.
- Migajerismo.
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