La Melodía Que Siempre Fue Tuya.
Till empezó a comprender que su corazón no podía seguir dividido para siempre. Iván y Mizi habían dejado huellas profundas en su vida, recuerdos imborrables que lo habían transformado en maneras que apenas empezaba a reconocer. Pero, en medio de esa maraña de emociones, comprendió que la respuesta no estaba en apresurarse a elegir entre uno u otro, sino en concederse el tiempo para escucharse a sí mismo. Había aprendido que el amor no se trataba solo de recibir, sino también de entender qué era lo que su propio corazón pedía con sinceridad.
Ese viaje apenas comenzaba. El camino hacia la claridad sería largo, quizá lleno de dudas y tropiezos, pero Till ya no lo temía. Sabía que cada paso, por más incierto que pareciera, lo acercaba a la verdad que buscaba. La confusión seguía presente, como una sombra que lo acompañaba en silencio, pero esta vez no lo ahogaba: le recordaba que estaba vivo, que sus sentimientos tenían valor y que eran parte de su crecimiento.
Con una serenidad nueva y un brillo distinto en la mirada, Till entendió que no estaba perdido, sino en movimiento. Y aunque aún no sabía a quién pertenecía realmente su amor, estaba convencido de que el tiempo y la honestidad lo guiarían. Porque al final, la respuesta no sería una carga, sino una certeza que lo llenaría de paz.