Te escribía
a las diez en punto,
como quien reza
sin creer del todo.
Porque sabía
que ahí estabas,
en ese pequeño margen de tiempo
donde yo sí existía para ti.
Una hora.
A veces menos.
A veces... nada.
como si el amor
fuera a escribirse solo.
Pero no llegaba.
Solo llegaban silencios,
largos,
pesados,
de esos que no dicen nada
y lo dicen todo.
Te veía en otro lado,
riendo, hablando,
siendo el de siempre...
pero sin mí.
Y entonces entendí
que el problema no era el tiempo.
Era yo.
Me adapté a ti
como quien se encoge
para caber en un lugar
que nunca fue suyo.
Acorté mis palabras,
guardé mis ganas,
dejé de enviarte cosas
que antes gritaban "mírame".
Y aún así...
no mirabas.
"Auch, perdón", decías.
Y yo pensaba:
¿de qué sirve un perdón
que siempre llega igual
y nunca cambia nada?
Un día dejé de correr hacia ti.
No por orgullo...
Por cansancio.
Porque amar así
es desgastarse en silencio,
es romperse despacio
sin hacer ruido.
Ahora puedo ignorarte también.
Puedo desaparecer,
puedo dejarte esperando.
Aprendí de ti.
Y qué triste
haber aprendido eso.
-
No te dejo.
No puedo.
Pero tampoco soy el mismo.
Porque entendí,
tarde,
muy tarde,
que no era tu prioridad.
Ni la segunda,
ni la tercera,
ni la cuarta.
Y aun así...
a veces,
cuando son las diez,
mi corazón
todavía te espera.
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