El sol de la mañana se filtraba por los ventanales del taller de artes, iluminando las manchas de pintura amarilla y azul que decoraban las mejillas de Denki Con un overol de colores pastel y calcetines de diferentes patrones, el joven parecía una mancha de luz vibrante en medio del caos creativo. Para él, el mundo era un lienzo infinito de posibilidades amables; su mayor preocupación era encontrar el tono exacto de ocre para un atardecer, protegido siempre por la mirada vigilante de sus amigos.
A pocos metros, en el edificio de ciencias médicas, el ambiente era drásticamente distinto. Sero con el rigor de quien aspira a descifrar los secretos de la muerte como futuro médico forense, guardaba sus apuntes con precisión quirúrgica. A su lado,Mina una explosión de energía y estilo que ya diseñaba las tendencias del mañana, entrelazaba su mano con la de él. Juntos, junto al siempre protector y leal Kirishima formaban un escudo humano alrededor de la fragilidad de Denki. Eran los guardianes de una burbuja de inocencia que parecía inquebrantable.
Sin embargo, el equilibrio de esa paz universitaria se fracturó con el rugido metálico de una motocicleta.
Aparcada frente a la facultad, la silueta de Bakugo recortaba el horizonte. Entre nubes de humo de tabaco y el brillo de la tinta negra que recorría sus brazos en tatuajes intrincados, el recién llegado representaba todo lo que el grupo de amigos había intentado mantener lejos de Denki. Con una mirada cargada de un cinismo salvaje y una reputación que lo precedía en cada rincón del campus, Bakugo era el presagio de una tormenta.
El aire, antes cargado de olor a óleo y barniz, comenzó a oler a gasolina y nicotina. Sin saberlo, Denki dejó caer su pincel, observando por la ventana cómo la figura oscura apagaba su cigarrillo contra el suelo, ignorando que el mundo cromático que el artista habitaba estaba a punto de teñirse de un color que no sabía cómo mezclar.
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