Todo lo que se relata comienza en una asamblea, un encuentro donde se reunieron todas las entidades que representan a las naciones, así como las que conforman el orden geopolítico actual. Ninguna quedó ausente. Al principio, todo transcurrió con la normalidad, era una reunión formal, planteaban acuerdos y explicaban asuntos relativos a la convivencia y cooperación entre naciones. Sin aviso ni causa aparente, se desató un caos absoluto, una perturbación inmensa que alteró todo lo conocido. La estructura del mundo se desmoronó, y el tiempo y el espacio se transformaron radicalmente, arrastrando a todos hasta una época remota, la Edad Media. En esto, las naciones dejaron de formar un sistema organizado y se dividieron en distintos reinos, separados por fronteras, intereses y ambiciones. Esta división surgió directamente de la competencia feroz por el poder, la influencia y el potencial que cada cual podía ejercer, una lucha constante por la hegemonía que definía cada movimiento y decisión. Estas entidades son seres inmortales, por lo que la muerte definitiva no es posible para ellas, sin embargo, su naturaleza no las exime del dolor. Cada reino y sus líderes trabajan sin descanso con un único fin, extender su dominio, conquistar territorios y someter a los demás, con la meta última de que solo quede un solo reino gobernando todo el territorio conocido. Pero hay un secreto profundo que nadie ha logrado desvelar, la máxima autoridad, quien parece dirigir todo este juego y mover los hilos de lo que ocurre. Su identidad y sus verdaderas intenciones siguen siendo un misterio absoluto, una incógnita que pesa sobre todos y sigue sin resolverse. A pesar del cambio drástico de época, de las nuevas reglas y de la lucha constante por el poder, ninguna ha abandonado lo que las define. mantienen vivo su legado histórico, sus creencias, tradiciones, cultura, su vínculo indisoluble con su geografía y todas sus costumbres, que se adaptan y perduran incluso
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