Úrsula siempre supo que el arte era una extensión de sí misma, una forma de expresión, de libertad. Quería vivir de ello fuese como fuese; y aunque la vida le hubiese puesto miles de obstáculos en su vida, ella siempre supo cómo enfrentarse a ellos y salir adelante.
A pesar de ser de Galicia, siempre tuvo a Canarias presente en todos y cada uno de sus veranos. Era su lugar seguro, un sitio donde no tenía que preocuparse por quién era, hacia dónde iba, o que quería hacer con su vida; simplemente podía existir, dejar la mente en blanco y disfrutar con los suyos de toda la vida.
Pero un día, en uno de tantos veranos allí, sus amigos decidieron presentarle a un artista emergente que apenas estaba comenzando en Canarias. Ella empezó a escucharlo y a apoyarlo desde el primer momento; sabía que tenía un potencial enorme y que había nacido para ello.
Lo que nunca se imaginó fue que él se acordaría de ella años después y decidiría buscarla para darle la oportunidad de vivir de aquello que más amaba.
Aunque había un pequeño problema: la conexión que habían sentido aquella noche en el bar seguía intacta.
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