La guerra había terminado hacía un año y seis meses.
Eso era lo que decían los periódicos, los discursos oficiales, las placas conmemorativas que el Ministerio mandó instalar con prisa sospechosa en cada rincón del callejón Diagon.
Como si fuera tan sencillo como declararlo.
Londres mágico respiraba. Eso era lo más honesto que podía decirse, que respiraba, que seguía adelante, que abría sus tiendas por las mañanas y cerraba sus puertas por las noches y fingía con admirable dedicación que algunos meses eran suficientes para olvidar ocho años de miedo.
Nadie estaba bien.
Todos actuaban como si lo estuvieran.
Era el acuerdo tácito que sostenía la reconstrucción, no preguntes, no respondas, sigue caminando. Los héroes cargaban sus medallas con la misma incomodidad con que otros cargaban sus condenas. Los vencidos bajaban la mirada en los lugares públicos y aprendían rápido qué espacios ya no les pertenecían. Y el Ministerio nuevo, limpio, el Ministerio de Kingsley Shacklebolt que había prometido una era diferente, observaba todo esto y tomaba notas.
Llevaba meses tomando notas.
Nadie supo exactamente cuándo comenzó a gestarse el Decreto.
Después, cuando todo el mundo tuvo una opinión al respecto, nadie quiso admitir que no lo había visto venir. Pero la verdad era esa, nadie lo vio venir.
Llegó un martes ordinario de enero, doblado dentro del Profeta entre un artículo sobre la reconstrucción de Hogwarts y un anuncio de la nueva colección de Madame Malkin, como si colocar algo devastador entre cosas mundanas pudiera quitarle peso.
No pudo.
Ese martes, en distintos rincones del mundo mágico británico, personas muy diferentes abrieron su periódico, llegaron a la página cuatro, y se quedaron completamente quietas.
Algunos lo leyeron dos veces.
Algunos lo cerraron, lo abrieron de nuevo, y buscaron en vano la palabra broma entre las líneas.
No estaba.
Y dos días después, comenzaron a llegar las cartas.
ᯓᡣ𐭩
All Rights Reserved