Durante una semana completa, el lejano resplandor de Ciudad Imperio ha sido el único testigo de la obsesión de Briar. Encerrado en su laboratorio junto a la costa, lo ha sacrificado todo -dinero, tiempo, salud y relaciones- por una sola meta: estabilizar un compuesto químico reactivo que roza lo imposible. Mil quinientos dieciocho fracasos acumulados en la pantalla no son suficientes para detenerlo. Solo hace falta presionar el interruptor una última vez.
Cuando un estruendo brutal sacude la noche y reduce el edificio a escombros humeantes, Ever corre hacia el desastre temiendo encontrarse con la muerte. Pero entre el fuego, las cañerías reventadas y los cristales rotos, no hay rastro de un cuerpo humano. En su lugar yace una criatura que desafía lo que él conocía: un ser estilizado, de piel rosada y brillante, con una gema en forma de diamante incrustada en el vientre.
No es Briar. No puede serlo. Sin embargo, cuando esos extraños ojos con pupilas de rombo se fijan en Ever y esbozan una sutil mueca de burla, la realidad se congela.
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