En un sótano de techos bajos donde el aire es una mezcla espesa de trementina, humedad y humo, el tiempo ha dejado de existir. Solo queda el zumbido de los neones y el pulso acelerado de dos personas que se juraron no volver a verse.
Dorian es un pintor que ha perdido la capacidad de ver el mundo, excepto cuando ella está delante. Para él, la belleza no es paz; es una asfixia constante, una necesidad visceral de capturar cada centímetro de piel bajo el espectro de la luz roja.
Elora es su musa maldita, una mujer que solo se siente real cuando los ojos de Dorian la recorren como si fueran pinceles. Ella odia la dependencia, odia la rutina de desnudarse en el silencio de un estudio que huele a encierro, pero la mirada de cualquier otro hombre le resulta insípida.
Lo suyo no es amor, es una compulsión. Es el deseo de escapar de los brazos del otro solo para terminar buscándose de nuevo en el insomnio de las tres de la mañana. Han intentado romper el ciclo, han buscado refugio en otros cuerpos y otras sábanas, pero la realidad siempre los devuelve al mismo punto: un caballete, una luz roja y la certeza de que, por mucho que se odien, son inevitables.
Cuando la pasión se vuelve una cárcel de pigmento y sombras, ¿quién es el que realmente tiene el control?
"El momento en que cierro los ojos, lo único que veo son luces rojas. Sabes que no puedo dejarte en paz".
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