Él es el vacío; ella es el color que él no sabía cómo pintar.
En el edificio más gris de la ciudad, el apartamento 4B es un santuario de sombras. Allí vive él: un enigma envuelto en cuero negro y el rugido de una moto deportiva que corta la respiración de la noche. Nadie sabe de dónde viene el dinero que costea su vida de lujos solitarios, y a nadie parece importarle, porque su mirada -afilada y oscura como la de una pantera- mantiene a todo el mundo a una distancia segura. Él no habla, no ríe, y ha aprendido que el silencio es la única armadura que no se agrieta.
Hasta que llegó ella.
Ella es un desastre encantador de canciones en inglés mal cantadas y el aroma persistente del té matcha. Es la chica que se apasiona por recetas que terminan en desastre y que viste como si quisiera desafiar la sobriedad del mundo entero. Ella es ruido, es luz, y es la única persona lo suficientemente valiente (o distraída) como para invadir su espacio.
Él juró que nadie cruzaría sus límites. Ella ni siquiera sabía que esos límites existían.
Ahora, entre el humo de una cocina mal manejada y el eco de una voz gruesa que solo ella logra despertar, él descubrirá que su obsesión más peligrosa no es el dinero ni la velocidad... es ese silencio que ella está a punto de romper para siempre.
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