Penelope empuja la puerta con la cadera, cargando dos vasos de café. Lleva el cabello recogido con palillos y una sudadera con un panda programador estampado. Robert está sentado en la esquina del sillón, camisa desabotonada al cuello, el estetoscopio colgando de forma descuidada. Se ve agotado. -Te traje café. No porque me caigas bien... sino porque me das pena -bromea ella, extendiéndole un vaso. Él sonríe apenas, tomándolo. -¿Eso es tu forma de cuidar a la gente, García? ¿Piedad disfrazada de cafeína? -Mi forma de cuidar es no dejar que te revientes solo -dijo, sentándose a su lado-. Te ves... menos "perfección Australiana" de lo usual. ¿Qué te pasa? Robert la miró, sorprendido. Nadie le preguntaba eso. No de verdad. -Un paciente murió. Hicimos todo bien. Y aún así... -desvió la mirada-. Me siento como un fraude. Silencio. Solo el sonido de la máquina de café al fondo. Penelope no dijo nada al principio. Solo lo observó, con ojos cálidos y sin filtros. -¿Puedo decirte algo? -preguntó ella al fin-. A mí me pasa eso todos los días. Él la miró. -¿Tú? -Claro. Me despierto y pienso "¿y si hoy no soy suficiente?" ¿Y si no encuentro al asesino? ¿Y si no soy la genio brillante que todos creen? Y entonces... me pongo mi armadura. Mis colores. Mis pestañas postizas. Y hago chistes para no quebrarme. Robert bajó la cabeza, tocando con los dedos el cartón del vaso. -Nunca lo hubiera imaginado. -Lo sé. Porque me esfuerzo mucho para que nadie lo imagine -dijo ella con una sonrisa triste-. Pero tú... tú también escondes cosas. Y eso me gusta. Me hace sentir menos sola. Él se quedó callado, luego dijo: -¿Y si te dijera que a veces me gustaría tener tu armadura? Que me da miedo no sentirme nunca suficiente... aunque lo logre todo.
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